TALLER DE ESCRITURA CREATIVA

«Los alumnos del taller de escritura del colegio FEM despiden el año con este relato de la alumna Belén Cañizares y les desean unas muy felices fiestas y una estupenda entrada en el 2021.»

RELATO ¡Camina Recto!

Era mi turno y como la tradición manda, mi abuelo me llevó al parque a ver mi progreso y mis logros.

 

– Camina con los ojos cerrados en línea recta y dime qué ves y cuando veas el final, abre los ojos y mira todo lo que has dejado atrás. – dijo él

Cerré los ojos y empecé a caminar en línea recta intentando no torcerme.

– Veo las luces, veo a la gente reír, veo las cafeterías llenas y los adornos por todas partes – solo podía ver cosas buenas, había felicidad por todas partes. Sin embargo, en seguida empecé a ver cosas malas. Veo distancia entre la gente, pérdidas de seres queridos, veo lágrimas, veo hospitales y veo muertes. 

Noté como mis pies empezaban a temblar y caminaba en zigzag.

– ¡Veinte! ¡Abre los ojos, respira y vuelve a empezar!, ¡Desde el principio por favor!

– Está bien -accedí entre lágrimas –. Veo risas, veo felicitaciones de año nuevo, veo esperanzas, esperanzas en mí, veo mucha gente, están felices, no, ahora lloran por la muerte de alguien, un jugador de baloncesto, ahora están asustados, lloran, veo algo rojo, mis pies arden, es fuego, ¡quema!, ¡lo devasta todo a su paso!, ¡veo animales corriendo!

– Vale, Veinte, línea recta, ¡recuerda! ¡Concéntrate y sigue caminando!

La voz de mi abuelo se oía un poco lejana, como si hubiera avanzado unos seis metros desde que empecé a caminar. Continué caminando y seguí diciendo lo que veía.

– Ya no se oyen las lágrimas, la gente se ha olvidado, pero el suelo todavía quema.

– Da igual, cariño, continúa caminando.

– Está bien, abuelo. Escucho gritos, parece pánico, oigo una voz grave pero no entiendo lo que dice; está sonando algo, es una alarma. Ya no hay gente, se han ido todos a sus casas, pero no sé por qué. Todo está negro.

Seguí caminando unos metros sin ver nada hasta que pasados dos minutos por fin vi luz.

– Veinte, ¿estás bien? – dijo mi abuelo preocupado.

– Sí, abuelo, ya veo algo.

– Está bien pues sigue caminando

– De acuerdo. Veo juegos de mesa, veo tartas, muchas tartas; veo también ordenadores y veo muchísimos rollos de papel higiénico – no pude evitar soltar una carcajada por eso último, pero continúe caminando –. Vale, sigo viendo muchas luces encendidas, las calles están desiertas. 

De repente, sucesivas imágenes nítidas llegaron a mis ojos: muertes, hospitales, alarmas, números rojos… comencé a llorar y me paré.

– ¿Veinte? ¿Qué haces? Tienes que seguir caminando. Si no sigues vas a prolongar lo que estés viendo.

Apenas podía oír a mi abuelo, su voz había quedado muy atrás y yo estaba bloqueada. Continué viendo las imágenes durante unos minutos y sentía cómo se me hacían eternos.

– ¡Veinte, continúa, cariño! ¡Continúa!

Escuché a mi abuelo gritar desesperado y, secándome las lágrimas, seguí caminando.

– Veo… una máscara, veo un apagón en una casa grande de color blanco y veo gente protestando; salen a las calles y dicen que todas las vidas importan.Eso está bien.

– Sonreí, apreté el puño y empecé a acelerar el paso.

– Veo mascarillas y veo distancia social, pero también veo tiendas abiertas, veo mucha luz y gente en las calles de nuevo, veo familias paseando bajo el sol.

– Aceleré más mi paso sin darme cuenta. 

– Veo niños jugando, veo gente llorando en hospitales, pero también hay personas haciendo payasadas y riendo. Hay nuevas normas, pero hay libertad. Ya no veo tantas muertes, aunque sigue bajando la población.

Mi abuelo y yo ya estábamos a más de dos kilómetros y casi no podía distinguir su voz del entorno. Me pareció oír algo de la meta así que por si acaso reduje un poco mi paso y aunque sabía que él ya no me oía, seguí diciendo en alto lo que veía.

– Veo luces de navidad y galletas, veo niños cantando villancicos, veo alegría, veo… el final. ¡Abuelo, veo el final! 

Abrí los ojos y me giré para ver el camino que había marcado. No era una línea recta, tenía muchas curvas y obstáculos, pero ya no podía volver para arreglarlo. Veía destrucción, veía malos momentos, pero también veía buenos ratos, vi las copas con champán y las uvas de la gente, que estaba agrupada de seis en seis; escuché las campanas,  me giré de nuevo y crucé el final aterrorizado por lo que había visto pero, sabiendo que la línea podía haber estado mucho más torcida.

Belén Cañizares
Alumna de 3º de la ESO

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